Como todo año electoral, el 2016 estuvo plagado desde sus inicios de propaganda política por las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Los dos aspirantes con mayor presencia en las coberturas noticiosas, Hillary y Donald fueron los dos nombres más buscados en Google. No en vano al segundo la revista Time lo nombró persona del año (cualquier cosa que eso signifique. Hitler lo fue en el 38 y Obama en 2008 y 2012) en cuya portada se lee “Presidente de los Estados Desunidos de América”.

Yo desconocía antes del 8 de noviembre, que el profesor Allan Lichtman (quien lleva acertando por más de 30 años en sus predicciones) y el activista y director de cine Michael Moore habían pronosticado la victoria del candidato republicano. Así que confiado en la sensatez y el buen juicio de los electores norteamericanos me fui a dormir ese fatídico día sin esperar los resultados. Me parecía imposible que lo peor pudiera ocurrir.

En la mañana del 9 (11/9, el segundo peor día para USA después del 9/11), me desperté y al revisar mis redes sociales, la primera publicación que leí al respecto fue un simple “No” en el timeline de un contacto. No hacía falta más, con esas dos simples letras se resumía la desesperanza, la desolación y la incertidumbre por un futuro por decir lo menos, sombrío.

Esa semana no tuve coche porque estaba en el taller mecánico, así que tuve que tomar el tren para ir a trabajar. Tomé la línea rápida en la estación del suburbio en el que vivo, con dirección al oeste de Philadelphia para transbordar y llegar a mi destino en el norte de la ciudad.

Me cuesta describir con palabras la atmósfera de ese día. Aquella mañana nublada, como si el estado del tiempo estuviera dando un mensaje de pésame. Había muy poca gente en la calle, en las estaciones y trenes. Casi todos con rostros llenos de pesadumbre. Al bajarme del transporte pasé a la tienda de conveniencia a comprar café. La cajera tenía los ojos hinchados y llenos de lágrimas. El mismo semblante que encontraría minutos después en mi trabajo.

Desde entonces y hasta la fecha, las fechorías de la persona que ahora ocupa la Oficina Oval, no han dado tregua y se resisten a abandonar los titulares de noticias: tweets infantiles e irresponsables, el muro en la frontera con México, el veto a ciertos inmigrantes musulmanes, las tuberías en Dakota, crisis diplomáticas con varias naciones, llamar “fake news” a quienes lo cuestionan, y “hechos alternativos” cuando lo único que quiere es mentirse a sí mismo.

Hace unos días leí en un artículo del Washington Post que las manifestaciones son necesarias pero que en realidad sirven de muy poco y que no nos dejemos engañar al sentir que los que participamos en ellas hemos cumplido con nuestro deber cívico. Esto fue publicado recientemente, varios días después del 20 de enero, el día de la Inauguración Presidencial por un lado y la Inauguración de la Gente para las minorías y sectores de la población que se sienten vulnerables con la nueva administración.

Ese día decidí ir a D.C. porque mi conciencia me lo exigía y porque me parecía que por malo que pareciera, no dejaba de tratarse de un hecho histórico, así que no quise dejar la oportunidad de fotografiarlo. Por supuesto no cuento con el don de la ubicuidad y no puedo dar testimonio de todas las cosas que se dicen de ese día. Desde mi subjetividad estos son los datos a destacar:

  • El movimiento de resistencia se realizó de manera pacífica y en relativo orden (se iba deteniendo el tráfico de vehículos a nuestros paso con ayuda de la policía).
  • No presencié ningún acto de abuso de autoridad por parte de oficiales de la policía o ejército.
  • Una gran diversidad etnográfica, de edad, raza, género e identidad sexual.
  • Vi dos negocios vandalizados, un McDonalds y un Starbucks con las ventanas y puertas rotas;
  • un grupo de gente enmascarada tratando de dispersar a los manifestantes. Ellos no eran parte del movimiento, quizá lo que que buscaban era desacreditar la causa;
  • a ellos los vi llamando a la gente a seguirlos y minutos después escuché varias explosiones en esa dirección. Insisto ellos no eran parte de nosotros.
  • Vi a muchos simpatizantes del nuevo presidente, pero ninguno que se metiera en contra de los manifestantes;
  • salvo por una persona que amenazaba con acercarse demasiado a la protesta, el incidente no pasó a mayores.
  • Varias personas (hombres y mujeres) con pussyhats que atenderían la Marcha de las Muere al día siguiente.
  • Muy poca presencia hispana. De hecho en grupo, los únicos  que yo vi fueron Coalición Fortaleza Latina Pennsylvania.

Aunque no hay mucha distancia de por medio, ahora me doy cuenta del por qué ganó este señor. Los otros dos precandidatos “fuertes” de su partido, Cruz y Rubio (nótese, ambos apellidos de origen hispano) nunca fueron verdaderos oponentes y ni en sueños hubieran recibido los votos de la gente que al final votó por quién votó.

El Partido Demócrata por su cuenta no tuvo más remedio que respaldar a la señora Clinton en su obsesión de convertirse en la primer Presidente mujer. Yo nunca me sentí optimista por ninguno de los dos candidatos. En el caso de haber ganado ella, no habría ningún cambio significativo, es un animal político con vicios rancios y arraigados. Por cierto, si tanto le preocupa su gente, ¿en dónde se ha metido los últimos tres meses?

Él por su parte… No hay mucho que decir. Pero quizá de toda esta maraña salga algo provechoso, que evolucione y revolucione de manera positiva el status quo. Eso si no se destruye al mundo en uno de sus berrinches, no olvidemos que ahora es el hombre más poderoso del mundo y estamos a un tweet del Armageddon.

No sé aun de que sirvió haber ido a la Inauguración de la Gente, el escribir esta breve crónica y las fotografías tomadas, pero de momento en los único que se me ocurre hacer y es mejor que no haber hecho nada.

Galería de Imágenes

https://flic.kr/s/aHskRDsFW1

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